Cantar del alma que se huelga de conoscer a Dios por fe:
1
Aquella eterna fonte está ascondida.
¡Qué bien sé yo do tiene su manida
aunque es de noche!
2
Su origen no lo sé pues no lo tiene
mas sé que todo origen della viene
aunque es de noche.
3
Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben della
aunque es de noche.
4
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla
aunque es de noche.
5
Su claridad nunca es escurecida
y sé que toda luz de ella es venida
aunque es de noche.
6
Sée ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos cielos riegan y a las gentes
aunque es de noche.
7
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente
aunque es de noche.
8
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede
aunque es de noche.
9
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida
aunque es de noche.
10
Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a escuras
porque es de noche.
11
Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo
aunque es de noche.
San Juan de la Cruz
Decía Rilke que las estrofas de la canción popular son cuencos capaces de recoger el agua que mana clara de la fuente. Aquesta viva fuente es la que riega cosas frágiles, dicen algunos; la torrencial fuerza inaplicada que mana constante sobre nuestro ser esperando a ser recogida por las manos de los niños. O del ilusionista.
Es quizá el único trabajo para el mago el de ahuecar sus manos para que en ellas caiga la lluvia fresca de la imposibilidad. Lluvia que, sin embargo, apenas vale algo si no se comparte, si no baña con su manto a más de uno, porque de nada le sirve la fuente a la soledad. Únicamente para hacer con ella un lago y ahogarse en su reflejo.
Hoy, aunque es de noche, aunque ni siquiera recordamos cuándo nos alcanzó con su vuelo la gran noche cósmica cuyo albor no vemos llegar; hoy, hoy, más que nunca, es menester acompañar al sediento en la senda sin confín, reconociendo su sed como nuestra cuando nos topemos una vez tras otra con él, a lo largo de ese camino en que siempre hemos seguido estando, en el camino de los sueños y el del niño que juega y que en la orilla del mar disfruta enterrando sus pies en la arena, creyéndose árbol al cerrar los ojos. Construyendo castillos también, que consigue mantener en pie hasta el momento en que el mismo agua que le ayudó a erigirlos vea oportuno permitir a la hora de la caída llegar, cabalgando a lomos de la luna en su crecida. Igual que el niño no será presa de la lágrima y volverá al día siguiente a jugar con la arena, así nosotros insistiremos en ir a la fuente con las manos y los cuencos a recogerte y a regar contigo los campos que cultivamos con la baraja.
En Valencia, a 23 / VIII / 2018