Escuchar la palabra que ni tan siquiera se sabía estar esperando. Esto es la magia, el ilusionismo, ese que algunos han dado en llamar arte del imposible. Arte, que se sabe a sí mismo portador de algo otro. Del imposible, a través del cual se fragmenta la unívoca linealidad plana del tiempo y sus confines. Creación incesante de realidades cuya frágil consistencia dura apenas un momento que, no obstante, les es suficiente para tomar aliento y nunca ya morir.
En un cierto atravesar el tiempo, los tiempos, consiste la acción del mago: del pasado incierto en que algo, balbuciente, quedó escondido y ya para siempre permanece en la oscuridad de la memoria que no querrá recordar, al futuro luminoso, esta vez sin engaño, pues que en él lo llena todo la claridad de una sorpresa en presente perenne que llega sin sobresalto, que nace, casi con timidez, colmando de ilusión a quien la recibe y acoge entre sus brazos para no soltarla jamás. Y es que el olvido no erosiona la roca del cauce que protege el río del sueño, pese a llevarse sus aguas a donde nunca regresarán. El momento preciso de la ilusión hecha carne, sin embargo, en el pensar puede ahogarse; pero su correlato en el corazón −terreno que habita el mago− perdura en la huella de su sede, como todavía perdura el juego del niño en el montón de arena que, vencido ya por la luna y su corriente, aún se alza en la orilla contra la marea creciente.
En armonía, en la estrella, resuena el ritmo de una vida en eterno eco. El baile de un son lejano nos llega en remota órbita, cuya estela se dibuja por la llama. Cuarenta cartones pintados testimonian, pues que todos ellos lo han vivido todo, constante reflejo en luz sonora; nota vibrante del pecho en que nacen; moviendo colores, ritmos fugaces. Camino y método aparecen; fieltro negro de terciopelo rojo, de vino y rosas y ramas secas, que resurgen en flores de canto y no son posibles sino en claros tonos de hora y media.